Tenía un gato que imaginé era gata. Fue llamada Kathy y era tratada como tal. Vivía una vida regada de comodidades, como solo los gatos saben hacerlo. Heredero de un trono inventado, vivía como princesa, más que como rey. Si bien el epíteto “pichula de gato” es más cierto que la chucha, en este caso quedó fielmente retratado. Me demoré casi tres años en notar una pequeña protuberancia que se exhibía impudorosa por entremedio de unos pliegues bandidos. Mí gata era gato y se lamía sus vergüenzas. Una pichula roja y escamosa: Zoología; una pichula roja, apetitosa: Zoofilia. En mí caso, no fue ni lo uno ni lo otro.
Fue sorpresa. El maricón vivía como gata, dormía como gata y respiraba como gata. Llevaba una vida fuera de lo común en su cuerpo masculino, sin ninguna necesidad femenina. Era un maldito aprovechador de la templanza humana y vivía solo para él. Si antes solo salía a hacer sus necesidades intrínsecas a la vida, como cagar y mear, ahora salía como un ser sexuado, con ganas de tirar. La sorpresa que causó fue tanto para mí, como para él. Cambió de Kathy a Cato, como quien cambia de salmón a jurel.
Salía cada bendita noche por la ventana del baño y entraba por la misma, así que había que estar atento. Cautivaba la atención de la casa con sus maullidos madrugadores y la necesidad de silencio se volvía imperante. Había veces en que pasaba días sin dar recado, para llegar hediondo a aventura, con actitud ganadora. Era un rey en su trono.
La rutina que llevaba no le daba descanso, de día dormía, de noche webeaba. Un ritmo de vida voraz que lo hizo llegar una noche con herida fulminante. Su cola estaba rasgada, como una lengua de serpiente, y me demoré tanto en notarlo, como el descubrimiento de su sexo.
Se quejaba durmiendo, se quejaba despierto; al tomarlo rasguñaba, al soltarlo maullaba. Un día en que lo tomé para revisarlo, para notar la causa de tanto escándalo, roce su cola con un suave movimiento que me dejó los dedos llenos de sangre.
Una herida profunda, hecha probablemente por los colmillos de un can, que no encontró mejor juguete que un gato en su libertad. Ambos libres en su frasco de conservas, en donde el más fuerte gana el premio indiferente; tan distinta a nuestra vida. Mi gato estaba lisiado de la cola y además, lo habíamos cambiado de territorio. Pasamos de una casa y sus amistades gatunas, a un departamento y su tercer piso de turno.
En el entretiempo en que mi gato se mejoró de su mal, la cola fue de a poco desapareciendo, hasta quedar un muñoncito irreal. Más encima, la solución que teníamos para que su cola no se infectara, un spray de color morado intenso, dejó huellas por todo el departamento. Cato se refregaba por todas las paredes para sacar tan sucio condimento de su cola trasquilada. Pintaba en morado su angustia, por todas las paredes de la casa. Era tan bello como doloroso, si es que el arte puede ser de otra manera.
Cato vivía con dos pesares, el de ser un minusválido sin solución aparente; y el de vivir en un tercer piso, sin derecho a sacudir sus angustias en la noche emancipada. Vivía una mala vida; una vida sin vida, con tanta vida por delante. No tenía más de cinco años cuando buscó la solución más certera a su problema. Saltar al infinito, que tan solo eran tres pisos, de tres metros y medio cada uno, haciendo un total de diez y medio; nada que un gato, con sus almohadas filosas no supiera amortiguar. La puerta de la cocina daba al infinito y él no se iba a negar.
Saltó sin equilibrio, con la mitad de una cola pelada, que en su punta costrosa mantenía aun su resguardo morado. Iba a pintar graffitis con su cola embadurnada, iba a negociar con otros gatos la vida que siempre supo iba a tener. El salto lo desligó para siempre de una vida de aprehensiones, ahora lograría ser más libre que en su vida había imaginado.
La casa quedó en silencio, su cama quedó vacía.
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