martes, 5 de mayo de 2009

Nadie

Me puse a golpear su puerta, pero nadie salió. Lo hice cada vez más fuerte, hasta que sentí una voz que bajaba las escalas del block.

-No hay Nadie -habló con la voz saliéndole desde el diafragma, como una extensión de lo que se estaba guardando para más adelante. Continuó bajando la escala.

Su aviso me irritó, por qué se tenía que meter en asuntos que no le interesaban en lo absoluto, pensé. Eso de ser buen vecino no es más que una excusa para ser entrometido.
Seguía bajando la escala, hasta que llegó donde me encontraba yo y me dio un empujón y un golpe seco en la nariz

-¡Te dije que hay Nadie! -intentó gritar. Su cuerpo y su cara no eran de alguien que podía estar haciendo lo que a mi me estaba haciendo, no correspondía que un tipo de cabello gris, boina desgastada, pantalones brillantes de tantas pasadas por la plancha hirviente y un chaleco, que a la vista traía olores añejos, fuera capaz de llegar de improviso y atacar a alguien. Pasar inadvertido era su juego.

Traté de estabilizarme, el golpe me había dejado mal parado.
-¿Te dije que había Nadie, no? ¿Por qué la gente es tan porfiada, por la chucha? –y me asestó otro golpe, ahora en la barbilla.

Golpeaba firme, pero despacio; sabía pegar, pero sus golpes no causaban daño, no me causaron daño. Era valiente el tipo, estaba defendiendo quizás qué intereses y por qué motivos. A mi eso no me interesaba, yo venía a cobrarme.

-Para tu weá viejito, que no te quiero aforrar –le dije, recuperándome y limpiando un poco la sangre que corría por mis labios –Si estoy acá, ya no es bueno. Y si además me reciben de esta manera, no es conveniente ni para ti, ni para mí.

Se acercó despacio nuevamente, yo no me movía, no respiraba. Cada músculo estaba tensándose para dejar algunos puntos claros. Me tiró un derechazo cruzado, lo esquivé inclinándome a mi derecha y le di de lleno en las costillas, sentí sus huesos. La fina capa de piel que los cubría solo servía para que no quedaran expuestos a la vida. Se alejó jadeando.

-Viejito, podrías ser mi abuelo. No te metas, no te conviene. Yo no soy un mal tipo, pero vengo a hacer mi trabajo y no me puedo ir con las manos vacías. ¿Me entiendes? –razoné con él, traté de hacerle ver que estaba perdido, que a su edad no se podía comparar con alguien que estaba en su apogeo. Que si hubiese querido, ese golpe en sus huesudas costillas podía haberse triplicado. Ahora estaría tirado ahí, semi-inconsciente y yo, continuaría con mi labor.

Se metió la mano bajo el chaleco. Un olor a transpiración, a cuerpo viejo sin bañar salió disparado de esa piel artificial, de esos puntos de lana entrelazados, cobijando ese cuerpo viejo, ya en la recta final. Se sobaba las costillas, ese golpe lo dejó marcado ¿Cómo no? si sentí sus huesos. Los sentí tan bien como si hubiera atravesado su piel y hubiera llegado donde nacen esos tejidos cartilaginosos. Incluso, los nudillos me dolían.

El viejo se sobaba de manera extraña, pensé que era algún tipo de masaje olvidado por la ciencia en su voraz lucha por encontrar el placebo mayor, la droga perfecta, el soma ideal. Se sobaba con estruendo, parecía que buscaba algo. Lamentablemente, me di cuenta demasiado tarde, un certero disparo en mi estómago hacía que en un torrente de sangre, como nunca antes había visto, se escapara rápidamente mi vida.

Mi último recuerdo es de estar tirado en el suelo terroso y con el viejo mirándome desde arriba, con una sonrisa, que tampoco encajaba en su cara, en sus arrugas y en sus años. Me miraba con un extraño brillo en sus ojos, una risa sardónica humillando mis últimos minutos de vida:

-Te dije que había Nadie, ¿o no?



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