miércoles, 29 de diciembre de 2010

Walter Benjamin. Para una Crítica de la Violencia (extracto)



La Policía

En una combinación mucho más innatural que en la pena de muerte, en una mezcolanza casi espectral, estas dos especies de violencia se hallan presentes en otra institución del estado moderno: en la policía. La policía es un poder con fines jurídicos (con poder para disponer), pero también con la posibilidad de establecer para sí misma, dentro de vastos límites, tales fines (poder para ordenar). El aspecto ignominioso de esta autoridad -que es advertido por pocos sólo porque sus atribuciones en raros casos justifican las intervenciones más brutales, pero pueden operar con tanta mayor ceguera en los sectores más indefensos y contra las personas sagaces a las que no protegen las leyes del estado- consiste en que en ella se ha suprimido la división entre violencia que funda y violencia que conserva la ley. Si se exige a la primera que muestre sus títulos de victoria, la segunda está sometida a la limitación de no deber proponerse nuevos fines. La policía se halla emancipada de ambas condiciones. La policía es un poder que funda -pues la función específica de este último no es la de promulgar leyes, sino decretos emitidos con fuerza de ley- y es un poder que conserva el derecho, dado que se pone a disposición de aquellos fines. La afirmación de que los fines del poder de la policía son siempre idénticos o que se hallan conectados con los del derecho remanente es profundamente falsa. Incluso ʺel derechoʺ de la policía marca justamente el punto en que el estado, sea por impotencia, sea por las conexiones inmanentes de todo ordenamiento jurídico, no se halla ya en grado de garantizarse -mediante el ordenamiento jurídico- los fines empíricos que pretende alcanzar a toda costa. Por ello la policía interviene ʺpor razones de seguridadʺ en casos innumerables en los que no subsiste una clara situación jurídica cuando no acompaña al ciudadano, como una vejación brutal, sin relación alguna con fines jurídicos, a lo largo de una vida regulada por ordenanzas, o directamente no lo vigila. A diferencia del derecho, que reconoce en la ʺdecisiónʺ local o temporalmente determinada una categoría metafísica, con lo cual exige la crítica y se presta a ella, el análisis de la policía no encuentra nada sustancial. Su poder es informe así como su presencia es espectral, inaferrable y difusa por doquier, en la vida de los estados civilizados. Y si bien la policía se parece en todos lados en los detalles, no se puede sin embargo dejar de reconocer que su espíritu es menos destructivo allí donde encarna (en la monarquía absoluta) el poder del soberano, en el cual se reúne la plenitud del poder legislativo y ejecutivo, que en las democracias, donde su presencia, no enaltecida por una relación de esa índole, testimonia la máxima degeneración posible de la violencia.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Todo Igual (o na' de na')


Tenía que salir de casa ese 25 de diciembre. La cena estuvo buena, pero siempre me indigesta comer tan tarde, aunque sea acompañado de un buen vino. Salir a estirar las piernas, caminar por la costa, sentir la arena en mis pies y el ruido del mar me darían paz, cuando en estas fechas es tan esquiva.

La cena en Navidad es un momento tenso para vivir en familia. A mi se me hace tenso, no me haría partícipe de tamaña celebración si no es por el cariño que siento por mis viejos, así que la obligación me hace pasar mudo la mayor parte de la noche.

Entregamos los regalos y como siempre, hay más para mi. Me incomoda todo el rito, ya no soy un niño que necesite de esto para ser feliz, la felicidad va y viene y esto la aleja. En fin, al menos cayeron unas lucas. Había que salir.

Abro el refrigerador y me preparo una botella de litro y medio con ron y coca-cola. Me pregunto si el modelo que usó la Coca-Cola para su viejo pascuero alguna vez se tomó una piscola. Parece más bueno para el vodka. Un vodka ruso, para pasar el frío invierno.

Salgo aperado con mi botella. Tengo cigarros, encendedor y un poco de marihuana. Quiero sentir la brisa marina en mi cara, refrescarme, me siento ahogado. La navidad provoca estos desajustes en mi persona.

Camino por la noche navideña y está todo quieto, las casas iluminadas, las familias reunidas, algunos niños jugando con sus bicicletas en la calle, acompañados de sus padres o hermanos mayores. Pocas mujeres, no me había dado cuenta de ese detalle y no es que me importe. Esta noche soy yo contra el mundo.

A cada paso me acerco más a la playa, siento romper las olas en las rocas, huelo la brisa marina, el ron baja despacio por la garganta y me da calor en el estomago. Lo más cerca de la Navidad que quiero estar. 
Enciendo un cigarro, el clima se hace a cada minuto más apacible y casi olvido qué noche es.

Menos mal, en la la playa no hay cuerpos, ni perros. Me gustaría ver un perro en estos momentos, siempre es bueno hacerse acompañar de uno cuando se toma solo. Los callejeros saben. Me saco las zapatillas, las amarro y me las pongo al hombro. Camino con mi botella en la mano y doy pequeñas caladas al cigarrillo número no-sé-cuánto. Ahora estoy a gusto.

Me siento y saco de la otra cajetilla otro cigarrillo. Lo enciendo y el efecto es inmediato. Lo fumo todo, el sabor a limón es adictivo. Ya olvidé de dónde lo saqué, si lo compré o fue un regalo. De a poco olvido que día es hoy, que el último mes del año lejos de calmar las cosas, las acelera, siendo que las preocupaciones son las mismas.

Bajo lentamente la botella y cigarro tras otro adelgazo la cajetilla. El mar está calmo, dan ganas de zambullirse. Camino un poco, estoy bastante ebrio, se me cruzan los pasos y me río solo. Incluso hablo conmigo y me doy consejos para el próximo año. Me los doy porque sé no me acordaré al otro día, una de las cosas porque me tengo buena.

Caminando llego a otra playa. Hay gente, hay grupos de personas en círculos. Tomo otro camino, quiero estar solo, subo una escala. No me doy cuenta hasta que tengo un cuchillo en mi cuello, o lo que supongo algo filoso. Una voz susurra que le entrege todo, pienso en que no le entregaría el poto, pero me callo. Son tres, los otros me miran de lejos pero de cerca. No tengo problemas en entregar todo esta Navidad, “mi regalo para ustedes”, les digo y me embarga un espíritu festivo de sobrevivencia.

No tengo mucho en verdad y me da pena. Me gustaría haber salido con la billetera llena de billetes, con celular, no haber fumado tanto para dejarles muchos cigarros y algo de marihuana, pero me pillaron muy tarde. Les digo o lo pienso, a estas alturas no tengo mucha noción de la realidad. Me doy cuenta que no tengo la botella en la mano, quizá ya me tomé el ron y dejé la botella en cualquier lado o me la quitaron y se están tomando mis sobras. Ya no tengo un cuchillo en el cuello, estoy solo en la escala, sin zapatillas, sin cigarros, sin copete, sin marihuana, sin billetera.

Extraño, pero quedar así me hace feliz. Me vuelve a mis cabales. Sentado en esa escala, solo y borracho, después de haber sido asaltado, me hace sentir festivo. Me da risa la situación, no pensaba que colgaban en estas fiestas, siendo que yo mismo reniego de estas fechas y quiero sean un día como cualquier otro. Me doy cuenta que el bicho de la Navidad lo tengo incrustado y que pase lo que pase las tradiciones mueren, pero yo nunca voy a matar alguna.

El asalto me compensó y me dieron ganas de ver a mi familia y darle gracias por creer en hueás, por darme buenos recuerdos infantiles de Navidad y aguantar mis cambios de humor en estas fechas. Me quise parar pero no pude, borracho y sin fuerzas me quedé dormido en la escala. Desperté un 25 de diciembre y estaba todo igual.




jueves, 23 de septiembre de 2010

Morfina

Sería excelente que los médicos tuvieran la posibilidad de revisar en carne propia muchos medicamentos. Comprenderían de un modo muy distinto sus efectos. Después de la inyección, por primera vez desde hace meses, dormí bien y profundamente, sin pensar en aquella que me engañó.
Mijaíl Bulgakov, Morfina.
La acompañé a comprar las jeringas. Era mi cumpleaño. Compramos un pack de 12 chiquititas, su regalo. Nos fuimos al Muelle Barón. Ella la llevaba, yo era el festejado. Llevamos una cerveza, “da sed”. Yo estaba nervioso, muy nervioso. Era mi primer acercameinto con jeringas a la vena. Llegamos. Caminamos. Bien adentro y en un espacio sin luces nos acomodamos sobre rocas. Estaba muy inquieto y se lo hice notar. Ella me calmó, la voz de la experiencia. Se sacó la bufanda, “súbete la manga”. Ella estaba a mi derecha. La noche estaba tibia. Mis nervios se crisparon. Sacó un frasco, no había mucha pero era bastante. Le dije no mucho, quizás era alérgico y no lo sabía. No lo había pensado. Me hice el hueón. Sacó una jeringa y no sé cuántos ml. preparó. Lo sabía, lo olvidé. Enrollé su bufanda a mi brazo y la apreté. Ella enterró la jeringa, sacó sangre y empujó su dedo. Mi cuerpo se llenó, fue instantaneo. El mar perfecto, el clima ideal, la noche estrellada y Valpo el telón. Me besó. Fue uno de los besos más inolvidables que he recibido. El de la jeringa, el de sus labios. Me sentía bien, muy bien. Buena droga. Su turno. La experiencia, la maestra. En cosa de segundos preparó su pócima. Era el doble, quizás el triple que mi dosis. Se la inyectó en el brazo izquierdo, yo estaba a su izquierda. ¡¡¡Feliz cumpleaño!!!. Destapamos la cerveza, era una Báltica. Ella usó sus dientes y poco me importó. Bebimos, nos reímos. Daba sed. Con cinco años menos me enamoro, pero no me enamoró. Era mi cumpleaño, sólo respiraba. Conversamos mucho, nos conocíamos poco. Fue todo muy rápido, lo más probable es que ni tanto. Los rocosos asientos eran bastante confortables como para reposar nuestros cuerpos adormecidos. Los besos en morfina saben muy bien, el sexo debe ser espectacular. Me apretó la verga a través de mi pantalón. Estaba dura. Se impresionó. Al parecer no es muy fácil que se ponga dura en estas condiciones. Le gustó sentirla así, pero debía retirarse. Tenía una cita con su novio. El regalo era otro. Hasta el próximo año...

domingo, 30 de mayo de 2010

Breve historia de un exterminio



La historia del sur del Chile, rico en recursos naturales y uno de los paisajes más bellos del mundo, con caudalosos ríos y vastos prados, ha estado marcada por la destrucción. Las quemas ilegales a fines del siglo 19, con el propósito de aclarar zonas para el asentamiento humano, fueron el inicio de la colonización de estos parajes indómitos. No se respetaron los suelos vírgenes ni se pensó en futuros habitantes. Los colonos traían aparejada la destrucción.
No sólo el fuego invadió estas tierras. El sobrepastoreo, sobretodo de ganado ovino, ha despedazado la tierra, erosionándola y haciéndola débil al viento y al agua. Las consecuencias de esto van desde el truncamiento genético de la flora y fauna nativa, la poca fertilidad de los suelos, hasta la poca capacidad de estos mismos suelos de absorber la humedad, lo que redunda en una desertificación sin vuelta atrás.
Estos problemas, que vienen desde fines del siglo 19, a propósito de la colonización y sus consecuencias humanas, chocan con el nuevo estado de cosas en el sur chileno. Hidroeléctricas, represas, autopistas; los mismos problemas anteriores, pero con un toque más destructivo y un dejo de avaricia y nula conciencia ecológica, que los hace aun más feroces.
Variados estudios dejan muy mal paradas a las represas, diciendo que están pasadas de moda y que sus beneficios no son tales, pues con una vida útil de 70 años, lo que mejor hacen es enfermar los ríos. Lo dice el ecologista irlandés Patrick MacCully, en su libro “Ríos silenciados: ecología y política de las grandes represas”.
Los mejores lugares para hacer represas han sido tomados, por lo que cada vez se hacen menos; al igual que evidencias científicas afirman que por el estancamiento de las aguas, la vegetación y los suelos subyacentes se descomponen, produciendo grandes cantidades de gases de efecto invernadero, como metano y dióxido de carbono. Cada vez hay menos razones para construir estas mega represas, pero en el sur de Chile, las ganas no se van.
Una de las razones de estos megaproyectos, es la necesidad de energía en las zonas del centro del país, es decir, Santiago de Chile. Atravesar el país con kilómetros y kilómetros de tendidos eléctricos, que sumada a nuestra loca geografía, llena de volcanes, actividad sísmica, cerros y cordilleras, es un reto que seguramente terminará en continuos apagones o Blackout. Además, la fealdad de estas altas torres, que con una altura aproximada de un edificio de 35-40 pisos, contrasta con el paisaje, alterándolo estéticamente y alejando a los turistas. Si se aleja a los turistas, una veta de desarrollo de estas distantes zonas del país, se verá francamente afectada.
Organizaciones como Patagonia Sin Represas, acusan los intereses económicos que dan pie a estas políticas devastadoras para el medio ambiente. El mismo documental Patagonia Chilena sin Represas (íntegro en Youtube), da cuenta en forma clara y concisa, lo devastador que sería para la ecología y economía de la zona austral, el desarrollo de estas hidroeléctricas.
Si bien las quemas ilegales, el sobrepastoreo y la desertificación son problemas “menores”; comparados con la grandes represas, la inundación necesaria para crear estas grandes hidroeléctricas es de temer y las consecuencias serán mayores, pues el cambio climático es un hecho, del que al parecer, algunos no están concientizados.

martes, 4 de mayo de 2010

Historias Gitanas

Por Un Helado
"Estaba en la plaza tomándome un helado, cuando llega una gitana pequeñita. No habrá tenido más de siete años. La niña llegó y se instaló delante mio; con manos entrelazadas en la espalda y mirada anhelante, me dice:
-Dame helado.
Después de un breve momento de reflexión, le dije que no.
-Entonces dame plata pa' comprarme un helado.
Medité. No iba a mandar a la chucha a una cabra chica, por muy gitana y patuda que fuera, así que le dije que se fuera nomás, que no le iba a dar ni helado ni plata para que se comprará uno. Se fue, pero al rato llega otra gitana, más grande, más vieja y más patuda que la anterior: la mamá. Con voz zahiriente y mano en la cintura me dice:
-Chileno, tú le debes dinero a mi hija.
A la pequeñuela podía aguantarle el macheteo, no así a una gitana hecha y derecha, puntuda y patuda.
 -Ándate a las rechuchas gitana de mierda. Si querí plata, trabaja y gánatela.
Nos trenzamos en una discusión verbal, en donde yo, recurriendo a la más vasta calidad de insultos en chilensis; ella, acudiendo al vocabulario romané, pero mezclando garabatos en español, sólo logré comprender el final.
-Te maldigo chileno. Te maldigo y te digo que no vas a poder estudiar nunca más, en lo que te resta de vida. Cerró el discurso con unos pintorescos movimientos de manos, los que hicieron más realista la maldición.  Al parecer fue bastante efectiva, pues desde entonces que no estudio. Pura pega no más." Chino.-



Saliva Gitana
"Con mi novio de entonces, nos fumábamos un caño en las rocas de Avenida Perú, frente al casino de Viña. En eso pasa una gitana y nos empieza a machetear. Le dijimos que se fuera, que no necesitábamos de su ayuda para ver la suerte, que estábamos en una racha ganadora; en fin. La gitana se fue y justo va pasando un loco de como unos 15, 16 años. La gitana lo para y le dice que le va a leer la suerte, pero que para eso necesita un billete o una moneda, para saber desde ahí lo que le deparará el destino. El niño, inocente o asustado, cede a la petición y le entrega un billete de 5 mil pesos. Nosotros no vimos el valor del billete, pero sí toda la escena, la que culminó con la gitana metiéndose el billete a la boca, masticarlo, proferir unas palabras en romané y decirle en español que tendría mucha suerte y dinero, gracias por haberle entregado el billete. El joven hizo un vano intento por recuperar su dinero, pero no hubo caso, la gitana caminó. Menos mal que mi ex salió tras ella y después de un par de forcejeos y maldiciones gitanas, recuperó el billete, que estilaba saliva gitana y se lo pasó al pequeñuelo." Puka.-

viernes, 9 de abril de 2010

Declaración de (falta de) Principios

Uso dread locks, pero no soy rastafari. No creo en religión absoluta. Sólo creo en el hombre y en su capacidad de hacer el bien y de hacer el mal, el binomio elemental.
Uso dread locks y por lo mismo, he tenido que aguantar una infinidad de tallas, unas bastante buenas y otras muy, muy malas.

“Wena Bob Marley”, “Puta que está caga'o Bob Marley”, “No fumí más pasta Bob”, “Sácate uno”, “Wena Gondwana” y sigue y sigue.

Gente que he visto una sola vez en mi vida me ha preguntado si me lavo el pelo y cada cuánto o cómo lo hago. El hecho que tenga dreads les da una sensación de confianza con mi persona y eso se trasmuta en que me hagan las preguntas más idiotas que jamás había escuchado. Es como si a un pelado le preguntaran qué se hecha en la cabeza pa' que le brille la calva o a una rubia oxigenada, cómo lo hace para que no se le caiga el cabello. Preguntas que todos quisiéramos hacerle a esas personas, pero por recato no las hacemos; pero al hueón con dread locks sí se les pueden hacer, total, es una vola'o.

Y lo soy, pero no soy ahueona'o, como los que me hacen las preguntas.
La gente me interroga por mis dreads y ahí yo me lleno de paciencia y les explico que no soy rasta, que tan sólo uso dreads, como podría usar el pelo cortado al rape, teñido, con chasquilla Daddy Yankke, un mohicano, etc.
Les digo que para mí la religión rastafari no es más que un lavado de cerebro, como cualquier otra religión; que los valores que debieran rescatarse de ella es la lucha por la reivindicación de los esclavos negros, no por la mera legalización de la hierba (que sería un sueño hecho realidad en una país como Chile, pero en fin). Que tampoco comparto su machismo, el hecho de que la mujer sea tratada como impura durante su periodo menstrual y no pueda cuidar sus hijos o preparar la comida.


Uso dread locks y por lo mismo me han pedido papelillos, me han preguntado por marihuana, siendo que en contadas ocasiones he vendido y si lo he hecho, ha sido a pocos. También me han preguntado si me lavo el pelo y cada cuanto tiempo lo hago. Y todo esto gente que no conozco, que creen que por tener la cabeza llena de “lulos” pertenezco a una camada, a una cofradía y lo peor es que si respondo directo o soy irónico, soy mala onda.

Uso dread locks, pero el reggae no me apasiona; me gusta más el rock, el metal, la música electrónica, el blues, el jazz; el reggae me gusta en su justa medida, como a cualquier melómano inquieto.
Uso dread locks y me los tiño y he tenido que aguantar que gente que no conozco me diga que su primo rastafari me los cortaría si me los viera, porque eso no hacen los rastas. Claro, no se tiñen el pelo, pero son machistas, ultra conservadores, no comen carne, no toman alcohol, no tocan a sus mujeres cuando éstas están con su periodo menstrual, creen que la marihuana es la salvación de la humanidad; en fin, creen en cosas en las que yo estoy en total desacuerdo. Y lo peor es la cantidad de giles que se las dan de rastas y te bendicen cuando te ven y cuando se despiden; yo no quiero sus bendiciones, con cue'a se las aguanto a mi abuela evangélica y se las voy a aguantar a un saco de huéas pica'o a rasta.

Uso dread locks pero soy un descreído, no creo que la marihuana sea la solución para nada, me gusta molerla, me gusta enrollarla, me gusta fumarla y me gusta compartirla. Nada más.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carrete Reflexivo


La semana empezó el lunes, como si la estructuración del trabajo influyese de una forma superflua el inicio de mi semana y de la de todos con los que me topé ese lunes necio, en que hubiese preferido quedarme en casa leyendo “Crimen y Castigo” de Dostoievsky, que haber vagado de bar en bar buscando nada, porque todo lo que necesitaba estaba en otro lado, ajeno a tanto ruido ambiental.
La pandilla estaba lista, llena de alcohol y cocaína. Yo, por el contrario, estaba limpio y no quería introducirme ningún tipo de estupefaciente, ni legal o ilegal. Aunque si lo pienso bien, enrollar un cogollo fresco en un papel de arroz y luego prenderle fuego y sentir su humo invadiendo mis pulmones, hubiese sido un regalo útil, capaz de transformar mi actitud negativa en una sin ego, en lo absoluto.

Llenarse los pulmones de oxígeno y encerrarse a escuchar cumbias villeras, reggeatón y todo lo que las radios hacen consumir a la pendejería poblacional, incapaz de pensar por ella misma y alienada de toda realidad. Así me sentía yo, como un alguien incapaz de pensar por si mismo y al mismo tiempo, borrachos llenos de falopa trataban de descifrar mi cara de disgusto frente a tamaña falta de respeto para la dignidad nacional.
En mi monólogo interior me decía que esto me ayudaría a ser tolerante, que no todo es perfecto para algunos, que lo que me divierte e intriga no tiene porque hacerlo a otras personas y que sí, hay una brecha distante entre ellos y yo, pero al mismo tiempo, somos lo mismo. Que el escuchar estos ritmos y ver estos bailes no tiene nada de extraño, pero que al mismo tiempo, en su monotonía, son capaces de volver loco a alguien que no siente que sus pies se mueven al compás de tan sintético ritmo.

Y ahí estaba yo, tratando de ser parte, pero como un mero observador. No quería involucrarme más allá de lo que podía ceder y eso era todo; pero la gente con gramos en la sangre es conversadora y yo, un buen oyente. Me enteré de lo que pasaba por esas cabezas llenas de jolgorio, de un jolgorio con los mocos colgando, de un jolgorio sin nada de materia gris, de un jolgorio mentecato y sin fruición.

La semana empezó el lunes, pero bien podría haber sido jueves, viernes o sábado, poco importaba. Pensar que fui uno de ellos y sentirme lleno de fiesta, de bar en bar, de boca en boca, era uno de mis principios elementales de diversión. Ahora no. Puedo dejar todo botado por un libro, por una película, por una canción. Pero al mismo tiempo, trabajo en un bar vendiéndole alcohol a jóvenes (y no tanto) como yo. Trabajo con los parlantes expulsando música a un volumen elevado, que tan sólo permite que la conversación escape de la laringe forzándola más de la cuenta.
Mi lugar de trabajo me ha hecho comprender que el carrete no significa nada, pero que el alcohol sigue siendo un regalo de los dioses, tanto como las drogas, naturales o sintéticas. El trabajar en un bar me ha dado respuestas a algunas interrogantes que tuve en mis años de estúpido consumidor de esa diversión estructurada por la compañías expendedoras de alcohol, a las que les conviene bajar sus precios para que así, la manada de insulsos, aprovechen las ofertes y se inventen una felicidad efímera, una burbuja que más temprano que tarde explotará y con ella, todo ese mundo construido a partir de la fantasía que provocan los grados etílicos y la sensación de estar en onda, esa que da la música y sus elevados decibeles.
Y cada vez que caigo en lo mismo, cada vez que voy a un bar, pub o discoteque y no me entrega nada nuevo, caigo en apesadumbrados recuerdos y veo que mi vida no vale nada, que soy una hormiga más en busca de una errónea felicidad, que ve en botellas, cuerpos perfectos, música estridente, gente simpática dentro de su embriaguez, algo que en verdad no existe y está lejos de existir en semejantes lugares. Pero al mismo tiempo, hay que vivirlo para poder retractarse de todo ello, de tan magna perdida de tiempo, de neuronas y de vida.



lunes, 15 de marzo de 2010

Fútbol

"Es posible pensar que a través de la futbolización del espacio público se estarían cumpliendo funciones necesarias de cohesión social y de adaptación de los sujetos a un ambiente modernizado. El fútbol ofrecería un "nosotros", que no encontraría su realización en otros ámbitos del acontecer social; estaría satisfaciendo necesidades de pertenencia y participación difíciles de lograr en una sociedad atomizada e individualizada. Además y en relación a la adaptación de los sujetos a un ambiente competitivo, el fútbol estaría ofreciendo ídolos que encarnarían, en un terreno virtual, los anhelos de la fama y el éxito, impuestos como metas y negados como realización para la mayoría de los individuos."

 Giselle Munizaga, La Pantalla Delirante. Los Nuevos Escenarios de la Comunicación en Chile.-

viernes, 1 de enero de 2010

Piraña y el Poder

Entrevista a Sebastián Piñera por Lorena Penjean, The Clinic N°108, jueves 24 de julio 2003. (Extracto)


OBSESIÓN POR EL PODER, FOTOS MALDITAS Y SEGUIMIENTOS

¿Qué le diría a personas, como el senador Romero, que aseguran que su problema es que está obsesionado con el poder?
    Mira, Romero ha dicho tantas tonterías el último tiempo que prefiero sacármelo de la cabeza.


¿Está obsesionado con el poder?
   Al contrario. En mi vida he dado pruebas concretas de que no tengo ninguna obsesión con el poder. Al revés, cada vez me siento más distante del poder en el sentido de que cada día me atrae menos. Pruebas: el año 99 cuando yo era precandidato presidencial de RN y Lavín era precandidato por la UDI, yo me di cuenta que el tenía una buena oportunidad de ganar, que no era una candidatura simbólica, un saludo a la bandera. ¿Qué hice yo? En vez de hacer lo que era tradicional en la centro derecha, que era ponerse obstáculos, dificultades y zancadillas, depuse mi candidatura y apoyé a Lavín. El año 2001 cuando era candidato a senador por Valparaíso y en un momento determinado, para que Lavín apoyara a todos los candidatos de RN y se sacara esa famosa y maldita foto, dejé mi candidatura. El partido y yo, personalmente, hemos dado muestras de generosidad y de falta de apego obsesivo al poder tantas veces que esa acusación es majadería, tontería o mala intención.


Pero ha querido ser presidente, o sea, que igual existe cierta fascinación con el poder...
   La verdad es que he aprendido con los años a no aferrarme a nada. No tengo ninguna obsesión con el tema presidencial.


¿Ya no sueña con ser presidente?
   Yo he aprendido en la vida a ser mucho más humilde con respecto al futuro, a no aferrarme a nada, a no descartar nada y tener mayor humildad con respecto a las cosas que pasan.


(...)


Has ido alguna vez a un sicólogo o a un psiquiatra.
   No, pero mi mujer dice que debería ir para que así ni mis hijos ni ella tuvieran que ir. A lo mejor tiene razón.