martes, 7 de julio de 2009

El Funeral de Jacko, por Juan Emar:


"Las cosas ocurren en la realidad de muy diferente manera a la que se cuenta generalmente. Nosotros creíamos que habría junto a aquella máquina infernal, un solemne señor de levita y chistera, que, con gesto imponente apretaría un botón, en fin, lo que siempre se cuenta. Nada de eso. Fue el verdugo con sus propias manos quien cogió por lo alto la cuchilla y le asestó con ella de arriba abajo un feroz golpazo en el cuello al pobre diablo. Cayó el cuerpo de este hacia el lado y, con gran estupefacción de mi parte, vi que seguía respirando, respirando fuertemente, como un atleta después de un violento ejercicio. Entre tanto, la cabeza había saltado lejos. El golpazo no había sido uno maestro; muy por el contrario, pues la cuchilla, si bien es cierto que había penetrado, por la base del cráneo, había, en cambio, salido justo por encima de los ojos, los que, por lo tanto, habían quedado en poder del ajusticiado.

"Lo que vino después fue un espectáculo algo grotesco y hasta penoso. Fray Benito, al ver rodar el pedazo de cabeza, corrió tras él, lo cogió como quien coge una cáscara de sandía y luego de examinarlo rápidamente, lo volvió a arrojar por tierra. Esto aprovechó Rudecindo para cogerlo a su vez y ponerlo donde siempre había estado. No ajustó perfectamente, no. Se veía con toda claridad el corte y el buen hombre quedó con ese aire algo ridículo de los que se tocan con un sombrero demasiado pequeño.

"Rudecindo, por tierra siempre -de seguro no tenía fuerzas para incorporarse- empezó a apostrofar al verdugo y no contento con esto, a amenazarle con los puños. Este, sin hacer mayor caso de tales amenazas, permaneció junto a la guillotina y sólo después de largo rato se volvió y avanzó hacia el otro, fingiendo -por broma, claro está, pura chanza- que aceptaba el combate a puñetazos. Mas el ajusticiado Malleco debió haber creído que en serio se le aceptaba el reto, pues se recogió de espaldas, como una bestia acosada y empezó a ejecutar con sus cuatro extremidades desesperados molinetes. El verdugo dejó caer las manos, alzó dos o tres veces los hombros y, riendo al público, volvió a su guillotina. Acto continuo, Rudecindo Malleco empezó a agonizar. y dos minutos más tarde, fallecía."

Juan Emar, Ayer.

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