
Hoy fui a un restaurant de comida china en Viña, en calle Quinta, al lado de la Radio Festival. Comí shapsuí: vacuno, arroz, dientes de león, salsa de soja y verduras de la estación; weá rica. Un regado almuerzo en buena compañía. Quedé pochito.
Salí del restaurant, después de tan sabroso banquete oriental y al pisar la vereda, noté una cabeza conocida, una cabeza que ya había visto en otro lado. Era Francisco Chahuán, candidato a senador por la quinta región costa y diputado RN. Su cabeza es tan grande como la gigantografía que está en Ecuador con Avenida Valparaíso, nada que envidiarle.
Mi estómago tuvo su primer retorcijón.
Chahuán tiene cara de simpático, no se, podría llegar a reirme con él y no de él; aunque no creo que podría votar por esa tremenda cabeza. En fin, estaba ahí, pero no estaba solo.
Chucha!!! Si Chahuán es cabezón, Sebastián Piñera tiene otra deformidad: unos brazitos tan cortos que cuando saluda se ve hasta tierno. Piñera estaba ahí, con su cara de Piñera, su pelo cano de Piñera, su sonrisa ganadora de Piñera y lo más importante, sus brazitos cortitos de Piñera.
El Candidasco a Presidente de Chile de la Coalición por el Cambio estaba ahí, a metros mios y yo, con la güatita llena y el segundo retorcijón en menos de 5 segundos. Es cómo mucho, no?
Me sentí rodeado, aunque nadie me rodeaba, a excepción de los guardias de estos pasteles, que habrán visto en mi persona un peligro. Estaban tan cerca mio, que pude sentir el perfume de uno de ellos: Old Spice. Lo sé, porque alguna vez la ocupé. Ya no ocupo weás, con cuéa me baño.
Chahuán y Piñera saludando a las viejas culiás que se detenían a saludarlos; weá más innecesaria, no creo. Ahí estaba yo, con un guardia delante mio, tan cerca, que le sentí el olor a head and shoulders. Lo bueno es que son limpios.
Pero eso no es todo, era el trío dorado de la política chilena de los últimos días en su plenitud: el cabezón Chahuán, brazitos-cortos Piñera y Joaquín Lavín, el
care'ñoqui. Ahí, ni siquiera a metros, a centímetros.
Mi estomago era un nudo, tres retorcijones en menos de 30 segundos es sumamente dañino y no me demayé porque había que mantenerse firme ante tanta flacidez. Las viejas se juntaban para saludarlos y yo gritaba estupidamente: ¡¡Estamos rodeados!! ¡Estamos rodeados!! Pero a nadie parecía interesarle, excepto a los guardias, que me miraban de reojo no más los chuchesumadres. A mí po', el brígido.
Caminé. Con las pocas fuerzas que me quedaban trataba de movilizarme hacía un lugar más seguro, mi estómago tiritaba, se quejaba. Después de unos cuantos pasos miré hacía atras, pero ya no había nadie, fue solo un espejismo. Pero mis calzoncillos no mienten.