viernes, 9 de abril de 2010

Declaración de (falta de) Principios

Uso dread locks, pero no soy rastafari. No creo en religión absoluta. Sólo creo en el hombre y en su capacidad de hacer el bien y de hacer el mal, el binomio elemental.
Uso dread locks y por lo mismo, he tenido que aguantar una infinidad de tallas, unas bastante buenas y otras muy, muy malas.

“Wena Bob Marley”, “Puta que está caga'o Bob Marley”, “No fumí más pasta Bob”, “Sácate uno”, “Wena Gondwana” y sigue y sigue.

Gente que he visto una sola vez en mi vida me ha preguntado si me lavo el pelo y cada cuánto o cómo lo hago. El hecho que tenga dreads les da una sensación de confianza con mi persona y eso se trasmuta en que me hagan las preguntas más idiotas que jamás había escuchado. Es como si a un pelado le preguntaran qué se hecha en la cabeza pa' que le brille la calva o a una rubia oxigenada, cómo lo hace para que no se le caiga el cabello. Preguntas que todos quisiéramos hacerle a esas personas, pero por recato no las hacemos; pero al hueón con dread locks sí se les pueden hacer, total, es una vola'o.

Y lo soy, pero no soy ahueona'o, como los que me hacen las preguntas.
La gente me interroga por mis dreads y ahí yo me lleno de paciencia y les explico que no soy rasta, que tan sólo uso dreads, como podría usar el pelo cortado al rape, teñido, con chasquilla Daddy Yankke, un mohicano, etc.
Les digo que para mí la religión rastafari no es más que un lavado de cerebro, como cualquier otra religión; que los valores que debieran rescatarse de ella es la lucha por la reivindicación de los esclavos negros, no por la mera legalización de la hierba (que sería un sueño hecho realidad en una país como Chile, pero en fin). Que tampoco comparto su machismo, el hecho de que la mujer sea tratada como impura durante su periodo menstrual y no pueda cuidar sus hijos o preparar la comida.


Uso dread locks y por lo mismo me han pedido papelillos, me han preguntado por marihuana, siendo que en contadas ocasiones he vendido y si lo he hecho, ha sido a pocos. También me han preguntado si me lavo el pelo y cada cuanto tiempo lo hago. Y todo esto gente que no conozco, que creen que por tener la cabeza llena de “lulos” pertenezco a una camada, a una cofradía y lo peor es que si respondo directo o soy irónico, soy mala onda.

Uso dread locks, pero el reggae no me apasiona; me gusta más el rock, el metal, la música electrónica, el blues, el jazz; el reggae me gusta en su justa medida, como a cualquier melómano inquieto.
Uso dread locks y me los tiño y he tenido que aguantar que gente que no conozco me diga que su primo rastafari me los cortaría si me los viera, porque eso no hacen los rastas. Claro, no se tiñen el pelo, pero son machistas, ultra conservadores, no comen carne, no toman alcohol, no tocan a sus mujeres cuando éstas están con su periodo menstrual, creen que la marihuana es la salvación de la humanidad; en fin, creen en cosas en las que yo estoy en total desacuerdo. Y lo peor es la cantidad de giles que se las dan de rastas y te bendicen cuando te ven y cuando se despiden; yo no quiero sus bendiciones, con cue'a se las aguanto a mi abuela evangélica y se las voy a aguantar a un saco de huéas pica'o a rasta.

Uso dread locks pero soy un descreído, no creo que la marihuana sea la solución para nada, me gusta molerla, me gusta enrollarla, me gusta fumarla y me gusta compartirla. Nada más.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carrete Reflexivo


La semana empezó el lunes, como si la estructuración del trabajo influyese de una forma superflua el inicio de mi semana y de la de todos con los que me topé ese lunes necio, en que hubiese preferido quedarme en casa leyendo “Crimen y Castigo” de Dostoievsky, que haber vagado de bar en bar buscando nada, porque todo lo que necesitaba estaba en otro lado, ajeno a tanto ruido ambiental.
La pandilla estaba lista, llena de alcohol y cocaína. Yo, por el contrario, estaba limpio y no quería introducirme ningún tipo de estupefaciente, ni legal o ilegal. Aunque si lo pienso bien, enrollar un cogollo fresco en un papel de arroz y luego prenderle fuego y sentir su humo invadiendo mis pulmones, hubiese sido un regalo útil, capaz de transformar mi actitud negativa en una sin ego, en lo absoluto.

Llenarse los pulmones de oxígeno y encerrarse a escuchar cumbias villeras, reggeatón y todo lo que las radios hacen consumir a la pendejería poblacional, incapaz de pensar por ella misma y alienada de toda realidad. Así me sentía yo, como un alguien incapaz de pensar por si mismo y al mismo tiempo, borrachos llenos de falopa trataban de descifrar mi cara de disgusto frente a tamaña falta de respeto para la dignidad nacional.
En mi monólogo interior me decía que esto me ayudaría a ser tolerante, que no todo es perfecto para algunos, que lo que me divierte e intriga no tiene porque hacerlo a otras personas y que sí, hay una brecha distante entre ellos y yo, pero al mismo tiempo, somos lo mismo. Que el escuchar estos ritmos y ver estos bailes no tiene nada de extraño, pero que al mismo tiempo, en su monotonía, son capaces de volver loco a alguien que no siente que sus pies se mueven al compás de tan sintético ritmo.

Y ahí estaba yo, tratando de ser parte, pero como un mero observador. No quería involucrarme más allá de lo que podía ceder y eso era todo; pero la gente con gramos en la sangre es conversadora y yo, un buen oyente. Me enteré de lo que pasaba por esas cabezas llenas de jolgorio, de un jolgorio con los mocos colgando, de un jolgorio sin nada de materia gris, de un jolgorio mentecato y sin fruición.

La semana empezó el lunes, pero bien podría haber sido jueves, viernes o sábado, poco importaba. Pensar que fui uno de ellos y sentirme lleno de fiesta, de bar en bar, de boca en boca, era uno de mis principios elementales de diversión. Ahora no. Puedo dejar todo botado por un libro, por una película, por una canción. Pero al mismo tiempo, trabajo en un bar vendiéndole alcohol a jóvenes (y no tanto) como yo. Trabajo con los parlantes expulsando música a un volumen elevado, que tan sólo permite que la conversación escape de la laringe forzándola más de la cuenta.
Mi lugar de trabajo me ha hecho comprender que el carrete no significa nada, pero que el alcohol sigue siendo un regalo de los dioses, tanto como las drogas, naturales o sintéticas. El trabajar en un bar me ha dado respuestas a algunas interrogantes que tuve en mis años de estúpido consumidor de esa diversión estructurada por la compañías expendedoras de alcohol, a las que les conviene bajar sus precios para que así, la manada de insulsos, aprovechen las ofertes y se inventen una felicidad efímera, una burbuja que más temprano que tarde explotará y con ella, todo ese mundo construido a partir de la fantasía que provocan los grados etílicos y la sensación de estar en onda, esa que da la música y sus elevados decibeles.
Y cada vez que caigo en lo mismo, cada vez que voy a un bar, pub o discoteque y no me entrega nada nuevo, caigo en apesadumbrados recuerdos y veo que mi vida no vale nada, que soy una hormiga más en busca de una errónea felicidad, que ve en botellas, cuerpos perfectos, música estridente, gente simpática dentro de su embriaguez, algo que en verdad no existe y está lejos de existir en semejantes lugares. Pero al mismo tiempo, hay que vivirlo para poder retractarse de todo ello, de tan magna perdida de tiempo, de neuronas y de vida.