miércoles, 21 de octubre de 2009

21-10-2009/10:20



Y se me ocurrió que ese meteorito que eliminó la vida de los dinosaurios, que cambió el ecosistema de la flora y fauna existente en esos años, no era más que una nave espacial llena de humanos y que los cambios no fueron tan inmediatos como se plantea, sino que lentos y lleno de nuestra culpa. No fue el simple choque del meteorito con el planeta lo que provocó el exterminio de la vida como se conocía hasta ese momento, sino que los seres que se bajaron de esa nave, que no era un meteorito. Eso somos, eso hacemos, eso conseguimos y seguimos provocando. La teoría del meteorito no me calza, en estos momentos (21-10-2009/10:20), más bien lo veo como una metáfora que se extendió por miles o millones de años y desencadenó en este momento, en donde contaminar es algo malo, porque el planeta se calienta, se derrite, se llena y se rebalsa. Eso se me ocurrió ahora y espero que existan libros científicos que hablen de esta misma teoría, que no creo sea única y la haya pensado tan solo mi cabeza y no muchas, muchas más. De fondo suena Fela Kuti y Water No Get Enemy; la próxima guerra, la del agua.

martes, 20 de octubre de 2009

Sueño con Lemebel

Soy Rita. Estaba tomándome unas chelas y fumando unos pipazos con mi amiga María, se nos pasaron las revoluciones a la cabeza y nos pusimos a correr. Arrancábamos de los pacos, pero nunca los vimos. Saltamos una reja y nos metimos a una casa, más bien, al patio de una casa. Había una ventana abierta, la vista de la casa desde esa ventana abierta nos trajo paz. Entrar o no entrar, esa es la cuestión, o entrar y no sentirse con ganas de sacar algo que no era nuestro y nos seguiría por el resto de nuestras vidas. Entramos, miramos, no había nadie, camas desechas, loza sin lavar, papeles sueltos. Una ajetreada mañana de familia con tres hijos, uno en la universidad y dos en el colegio, además de dos padres profesionales. Una cartera en la mesa del comedor, cartera que fue revisada por mis manos ávidas, que ya no eran mías. Una billetera con billetes azules, azules y rojos. También había verdes, pero esos los dejé, al igual que uno de los rojos, la carga de la conciencia. Salimos con María, yo era Rita. Saltamos la reja nuevamente, los pacos estaban a la vuelta de la esquina, aunque nunca los vimos, aunque siempre estuvieron. Corrimos cerro abajo, pasamos por una plaza y Pedro Lemebel apareció en nuestra ruta. Yo, más de una vez lo había leído, me había acompañado en noches frías y angustiadas, su lenguaje me ayudaba y reconocía en esos duros momentos. Lo vimos y nos acercamos, me di cuenta que mi traposa lengua delataba que tanto correr no había quitado ni mis litros ni mis humos. La pólvora, una especie de chupilca del diablo, pero fumable. Pedro nos miraba, sus ojos eran transparentes, se daba cuenta que habíamos salido de alguno de sus libros, aunque nunca nos hubiera inventado, aunque existiéramos. Nos escuchó, mientras yo me sacaba la chaqueta con la que andaba, para disimular mi apariencia. Pude escuchar la radio de los pacos, decía mujer parca negra. Ahora era mujer cortavientos azul. Pedro nos miraba, nos escuchaba, mi voz se perdía en vericuetos incomprensibles, nos sentamos en la banca de una plaza, sacamos la pipa y él, unas latas de cerveza.-